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talleres

 

Notas seleccionadas del libro " Hacer el verso". Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía (Buenos Aires, Sudamericana, 1999)

por Marcelo di Marco

 

Marcelo di Marco nació en Buenos Aires en 1957. Desde hace veinte años publica libros de poesía, narrativa y ensayo, como así también artículos y críticas sobre literatura y cine. Dedicado a la coordinación de talleres literarios desde 1979, recientemente sintetizó esa experiencia en dos libros de Editorial Sudamericana: el best–seller Taller de corte & corrección. Guía para la creación literaria (1997) y Hacer el verso. Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía (1999), “…dos de los mejores textos que se puedan encontrar en español sobre técnicas de escritura de prosa y poesía” (El escriba, marzo de 2000). La obra de Marcelo di Marco empezó a ser ampliamente divulgada en medios gráficos, programas de radio y televisión e Internet, a partir de la publicación de su libro de cuentos El fantasma del Reich (Sudamericana, 1995), ganador del concurso 1994 de la Fundación Antorchas (“Uno de los pocos escritores de terror representativos de los ’90”, según declaró el especialista Guillermo Hernández en la Rock & Pop por aquellos años).

En 1996 Di Marco compiló tres selecciones de cuentos fantásticos: Te alcanzaré desde mi tumba, Cinco genios del espanto y Si abres mi jaula, amigo mío... En ese mismo año parte del material fue reeditado en cuatro volúmenes por el diario Página/12 para su Colección Letra Negra. En abril de 2000 publicó, por Editorial de Belgrano, Pasajeros en Arcadia. Treinta y nueve cuentos escritos en el Taller de Corte & Corrección, una antología de las mejores historias creadas bajo su supervisión.

Fue cofundador de la Escuela Literaria del Teatro ift en 1979, secretario de redacción de La Cosa y consultor de Educación Artística (Literatura) del Ministerio de Cultura y Educación. Actualmente es coordinador general de la sección “Taller de Corte & Corrección” en el portal web elaleph.com. Asimismo coordina el taller literario de la Universidad de Belgrano. Fue columnista del programa radial Libros que muerden (fm palermo, 94.7) entre 1998 y 2000, y tiene a su cargo la sección “El perro andaluz” en la revista Lea.

En Internet pueden hallarse más datos sobre Marcelo di Marco, como también varios de sus textos, visitando elaleph.com y Literatura Argentina Contemporánea, página patrocinada por la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, en www.literatura.org.

 

 

 

46. Escribir es darle lugar al que lee

 

Bien decía Novalis  que ciertas palabras le corresponden al lector y no al poeta. Por ejemplo, no gano nada si digo:

 

Me siento insignificante

pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

 

¿A quién le importo escribiendo de este modo? Tal vez a mi terapeuta, al cura o a algún amigo preocupado por lo que yo siento.

Sucede que no es lo mismo ser simple que ser simplote. Ser claro en poesía no significa, apenas, que a uno lo “entiendan clarito”. No debemos confundir concisión y claridad con un mero telegrama, seco y soso:

 

Me siento insignificante

pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

 

En literatura las cosas no funcionan de esa manera lisa y chata: el verdadero toque poético lo lograré transmitiendo con palabras realmente expresivas esa mezcla de “insignificancia y esperanza”, si es eso lo que quiero decir. Y por “expresivo” entiendo aquello que se atiene al juego de toda comunicación: expresar es, siempre, un “para”. Lo que expreso sale de mí —o, mejor dicho, pasa por mí— “para” llegar al otro. En todo caso, la oración “Me siento insignificante pero sin embargo tengo grandes esperanzas” es una resultante, un corolario que debería correr por cuenta del lector, que así se encargaría de reponer —de completar, digamos— lo que el artista dejó latiendo, implícito, en el discurso.

Convengamos que no es lo mismo decir, como todo hijo de vecino:

 

Me siento insignificante

pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

 

que, como Fernando Pessoa  en el arranque de su “Tabaquería ”:

 

No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

 

Moraleja: la literatura se hace de a dos.

 

 

47. Mixtura fina

 

Hace unos diez años leí cierta encuesta que me llamó la atención. No recuerdo qué medio les preguntaba a los escritores del momento cuáles eran las palabras más bellas de nuestro idioma. Creo que las palmas se las llevó “crepúsculo”, o algún término parecido…

A mi entender, el asunto es una reverenda tontería. No existen palabras más o menos bonitas que otras. Baste observar con detenimiento los tan “bellos” términos que usa Fernando Pessoa  en la lección de humildad que citamos en la nota anterior:

 

Ser.

Nada.

Nunca.

Poder.

Querer.

Aparte.

Eso.

Tener.

Sueños.

Mundo.

 

La poesía no precisa más que de palabras. Palabras a secas. Palabras “comunes” como las de Pessoa , o “primorosas” como las de Lugones:

 

El cerro azul estaba fragante de romero,

y en los profundos campos silbaba la perdiz.

 

 

El secreto está en la fusión, en la amalgama de realidades divergentes, incluso contrapuestas, que logra el poeta. Esta convergencia de elementos me recuerda a los componentes de una escultura móvil: al entrechocarse azarosamente, se proyectan hacia una zona insospechada de la sensibilidad, creando así otra realidad (paradójicamente ideal, abstracta). Piensen en ese par de versos de Lugones, por poner un ejemplo: en apenas dos líneas el poeta nos ha bombardeado la vista, el olfato y el oído. ¿Y cómo debemos leer lo de “profundos campos”? Sin duda, en una profundidad que trasciende lo paisajístico.

La belleza de las palabras dependerá de que el poeta y el lector las combinen en una dimensión otra, pero común a los dos. Una divergencia convergente, diríamos. El lenguaje de la poesía consiste en eso. Por tal camino iba César Vallejo  cuando afirmaba que para renombrar la realidad no era necesario encontrar nuevas palabras sino nuevas metáforas.

Entre la mera crónica y lo poético hay un abismo. Si el arte fuera igual que la vida, no tendría razón de existir.

 

 

48. Distinguiendo entre manteca y margarina

 

No es preciso ser demasiado astuto ni viejo para darse cuenta de que la vida es como es: un caos perfecto. Cada mañana el hombre propone… y no advierte la teja floja o la amante perdida que están esperándolo justo al cruzar la calle.

Y a la poesía le encanta hundirse en ese maremágnum de posibilidades. Abriéndose camino entre los gritos y la confusión aleatoria de lo cotidiano, el poeta rescata lo insólito, lo inusual que subyace en lo frecuente. Su despierta mirada filtra lo que ve y lo transforma en música de palabras. Verdaderamente, quien logra escribir en clave poética vuelve a ordenar el mundo. Es como si nos raptara de todo y nos dijera: “¡Vea, vea y advierta las cosas como son!”.

A mí de chico me secuestraron. Me hicieron navegar en un barco ebrio mientras me arrojaban flores hediondas desde el abismo al son del estribillo de un cuervo nocturnal. Todavía me tienen maniatado, y confieso que a veces me permiten uno que otro balbuceo. Aún escucho con nitidez aquellos primeros versos que llegaron de la mano de Rimbaud , Baudelaire  y Poe . No los leo hace tiempo, pero los estoy escuchando ahora. Los escucho más nítidamente a ellos, tan distantes, que a ese poemita escuálido y estridente que me aburrió ayer nomás.

Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo para siempre, no es un poema. Se tratará, apenas, de una sucesión de líneas más o menos parejitas, escritas a veces con cierta habilidad. Y nada más. Quizá logre causarnos sorpresa o un ligero extrañamiento. Tal vez consiga hacernos olvidar por un rato la perfección del caos.

Pero no durará.

 

 

87. Desempolvando el mecano

 

Casi todos los poetas con que me entrevisté hasta ahora se han referido a esa articulación, a esa ensambladura de bisagras y engranajes que encajan entre sí para organizar la vida del poema.

La estructura no es un elemento más del poema: constituye el poema mismo.

Consiste en un juego de tensiones contrapuestas, en una conjunción inédita de atracciones y de rechazos que, de alguna manera —en Hacer el verso estamos compartiendo más de una—, enlaza los componentes del poema para echarlo a andar.

Porque de eso se trata: de que la cosa camine. El poema tiene que andar. Debe andar. Si no, está muerto.

En narrativa, lo mejor que podemos hacer para darle cuerda a las cosas es acicatear el interés del lector. En poesía, deberemos mantener despierta su emoción.

Piensen en su propia experiencia. A veces decimos que tal o cual película “no tiene argumento”. Falso: argumento siempre hay. Tal vez lo que le falte a la película sea una adecuada estructuración de los elementos que intervienen en ese argumento.

Comparen estos dos momentos narrativos:

 

a)

Juan estaba muy triste por la muerte de su madre.

 

 

b)

La última palada de tierra cayó sobre el ataúd. Juan, con lágrimas en los ojos, recordó el tiempo en que su madre lo llevaba a jugar al parque.

 

 

Qué cambio, ¿verdad?

El concepto es el mismo tanto en uno como en otro pasaje, pero ambos son absolutamente distintos. Noten sus diferencias estructurales:

En el ejemplo a), poquísimo digo y a nadie conmuevo. No hay emoción. Tal vez, sí, mera información: la estructura, lisa como la nada, es de una ramplonería tal que la oración sirve apenas para “enterar” al lector acerca de una circunstancia equis (de paso aclaremos que no se debe confundir ese estilo insuficiente con la verdadera precisión, que poco tiene que ver con la telegrafía y la exigüidad).

En el ejemplo b) se logra interesar al lector, que ahora no sólo lee sino que también vive. Y para que viva, con Juan y a través de Juan, ni siquiera hace falta consignar la palabra “tristeza”: los elementos están estructurados de tal modo que el sentimiento de tristeza —o de nostalgia o de melancolía, quién sabe— cubre toda la escena, incluso el pasado del protagonista.

 

¨       Confiéranles peso poético a las siguientes oraciones “informativas”. Traten de que el lector viva cada situación:

 

Me gusta el mar por la mañana.

Estás muy hermosa con esa nueva tintura.

La casa de los abuelos es encantadora.

El petiso vive embroncado por la situación.

Carlos se cansa de ir al centro.

 

¨       Una ayudita: pueden empezar descubriendo qué elementos están contenidos en cada una de las situaciones (relean los que aparecen en el ejemplo b: palada, tierra, ataúd, etc.). Después intenten desarrollar con ellos una estructura mayor. No se trata de escribir poemas, sino de exprimir todo lo posible el concepto (el qué) de las oraciones apuntadas: basta con anotar varios renglones para cada una.

 

Con su estilo incomparable, Huidobro  llamaba “partida de ajedrez contra el infinito” a la combinatoria poética apasionada y apasionante.

Pues bien: procuren jaquear, si bien no al infinito, por lo menos al lector.

 

******

 

Notas seleccionadas de Taller de corte & corrección. Guía para la creación literaria (Buenos Aires, Sudamericana, 1999)

 

 

16. Una poesía experimental

 

En el uso del hipérbaton, Góngora  fue Maradona , el non plus ultra de las trasposiciones. Hay quienes dicen que hasta se le fue la mano. Lo cierto es que a nosotros, poco familiarizados con el saber de su época, nos cuesta leerlo a primera vista. Y también a segunda vista. “Es necesario profundizar”, explican los que saben. Y tienen razón: podemos entrar en los vericuetos gongorinos sólo gracias a los estudios de eruditos como Dámaso Alonso , que solía cumplir con la hazaña de recitar de memoria las sesenta y tres estrofas de la Fábula de Polifemo y Galatea . Pero, dejando a un lado el libro Guiness, me gustaría comentar un momento del Polifemo para mostrar, en la próxima nota, cómo valernos del hipérbaton. Veamos la descripción de la caverna del cíclope:

 

 

De éste, pues, formidable de la tierra

bostezo, el melancólico vacío

a Polifemo, horror de aquella sierra,

bárbara choza es, albergue umbrío.

 

 

Clarísimo, ¿verdad?

Hablando en serio, me detendré en la “traducción” de los versos, para que se entienda mejor lo que diré acerca de aquel formidable de la tierra bostezo. Según la versión de Dámaso Alonso , Góngora  acaba de expresar esto:

 

 

El triste hueco de este formidable bostezo de la tierra (el hueco de esta enorme gruta) sirve al gigante Polifemo, horror y espanto de aquellos montes, de bárbara choza, de sombrío albergue [...]

 

 

Los comentaristas destacan la violencia del hipérbaton; el orden lógico sería “formidable bostezo de la tierra”, para significar “el agujero de la gruta”, como apuntó Alonso  en su versión en prosa. Pero hay algo más: la ruptura que se produce entre la última palabra del primer verso (“tierra”) y la primera del segundo (“bostezo”), crea una pausa que se acomoda al movimiento fisiológico de... un bostezo.

 

 

 

De éste, pues, formidable de la tierra

bostezo, el melancólico vacío

 

 

¿Qué tal?

Cosas del barroco.

Como bien dijo Alonso :

 

 

Góngora  partía de la gran libertad —tan expresiva— que la frase castellana tiene para el orden de sus voces. Pero exageró esa libertad en términos intolerables fuera de su propio arte. Con la poesía gongorina estamos ya en un límite experimental.

 

 

En la nota siguiente veremos cómo se puede trabajar con el hipérbaton hoy, casi cuatrocientos años después de Góngora .

 

 

17. Las vueltas que tiene la frase

 

Sin llegar a cometer las monstruosidades —o genialidades, según se vea— de Góngora , hoy se puede escribir con el mismo espíritu, con la misma intención de expresar las ideas mediante las palabras más adecuadas. A veces la palabra justa puede cobrar nuevo significado, puede fortalecerse con una simple torsión. Lo descubriremos leyendo el final de “La madre de Ernesto ”, de Abelardo Castillo , un cuento ya clásico de nuestra literatura. Si no conocen la historia, no se preocupen: no voy a arruinarles la fiesta, como hacen aquellos impertinentes que ya vieron la película y nos adelantan lo que sucederá. Si quieren leer el texto de Castillo antes de seguir, “La madre de Ernesto” los espera detrás de Las otras puertas , libro cuya última reedición lanzó Emecé en 1993.

¿Ya están ahí?

 

 

Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces fue cuando lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.

Cerrándose el deshabillé lo dijo.

 

 

Presten atención al hipérbaton de la última línea. Degusten la caída de la frase, que también se apoya en la repetición de la palabra “dijo”. Hay un tono en ese “Cerrándose el deshabillé lo dijo” que contiene la emoción del narrador: él estuvo ahí, junto a la madre de Ernesto, en medio de esa circunstancia que ustedes ya sabrán... y nos lo cuenta, provocando también nuestro sentimiento.

A pesar de que las palabras son las mismas, no da igual decir

 

 

Cerrándose el deshabillé lo dijo.

 

que

 

Lo dijo cerrándose el deshabillé.

 

 

Por una finalidad estética se ha alterado el orden lógico de la frase.

Trasposición, como en los tiempos de Góngora .

Pero en prosa, y escribiendo de un modo que cualquiera puede entender.

 

 

18. Jugar con papel picado

 

Lejos de Góngora , hoy leemos las palabras “poesía experimental” y aterrizamos en el París de los años locos. La ciudad era un campo de batalla en el que surrealistas y dadaístas se quebraban los huesos por imponer sus revolucionarios estilos de expresión.

Pero, a pesar de los garrotazos, ambos grupos tenían más de una cosa en común. Entre otras coincidencias, los dos creían en el azar y sus múltiples posibilidades, y describieron interesantes procedimientos basados en la pura casualidad. Un par de dichas experiencias pueden resultarles útiles en esos momentos en que quisieran escribir y nada se digna aparecer.

Lean la fórmula que inventó en 1920 el rumano Tristan Tzara , pontífice supremo del dadaísmo, para obtener un poema dadá:

 

 

Tome un  periódico

Tome unas tijeras

Elija en ese periódico un artículo que tenga la extensión que usted quiera dar a su poema.

Corte el artículo

Corte en seguida con cuidado cada una de las palabras que constituyen ese artículo y póngalas en una bolsa.

Agite suavemente.

Extraiga luego cada trozo uno tras otro en el orden en que salen de la bolsa.

Copie concienzudamente

El poema será la viva imagen de usted.

Y usted será “un escritor infinitamente original y de una exquisita sensibilidad, aunque el vulgo no lo comprenda”.

 

 

Olvidándonos de la burla y del tono fuertemente provocador, podemos aprovechar el texto para crear algo legible. Tengan en cuenta que William Burroughs (Expreso Nova) y Severo Sarduy (Escrito sobre un cuerpo) se valieron de métodos similares y no les fue nada mal. Aquí va el experimento:

 

 

¨       Practiquen el procedimiento de Tzara , pero no utilizando un diario sino un texto literario.

¨       Lean la barbaridad “infinitamente original” que hayan producido.

¨       El azar todo lo puede: es posible que alguna línea del texto contenga más de una idea o imagen insólitas. Subráyenlas.

¨       Usen las imágenes como células poéticas generadoras de otras, o como células narrativas disparadoras de alguna historia. Para lograrlo, relacionen este ejercicio con lo que hemos dicho acerca de la asociación en la nota 10, y con la práctica que realizaron en ella.

 

 

19. La dicha en acción

 

Trama y revés al mismo tiempo, la poesía, como la fe, no se explica: se vive. Esto suena a lugar común, pero es así. Se lo aseguro: pueden pasarse toda la vida escarbando en los recovecos de los versos para “entender” lo que dicen; sin embargo, cuantas más sondas le echen al poema intentando capturarlo, más se alejará de ustedes camino a las profundidades.

Quizá la clave consista en ser menos críticos y más humanos. Según T. S. Eliot , el mejor crítico es aquel que nos hace amar el poema. Y éstas no son sólo palabras bonitas. Encierran toda una pedagogía, una filosofía del gusto.

Lean con esos ojos incontaminados toda la poesía que puedan. Si su temperamento se corresponde con el de los prosistas, igualmente lean poesía: la palabra justa es el patrimonio del poeta. Conozco a muchos narradores que partieron de la poesía, y que en realidad nunca la abandonaron: ella les sopla al oído la palabra clave, siempre pura, siempre cargada de pasión.

Lean poesía, y entrénense con ella:

 

 

¨       Trascriban algún poema en un costado de la hoja. Pueden usar cualquiera de los textos que aparecen en la nota próxima.

¨       En el borde opuesto intenten escribir su versión en prosa. Traten de hacerlo con la menor cantidad posible de palabras.

¨       Ahora busquen una prosa que ustedes hayan escrito y compongan al lado la versión en poesía.

¨       Reflexionen acerca de los problemas que se les hayan presentado.

 

 

Una cosa más, con ánimo de molestar: lean poesía, vivan la poesía.

Aprendan versos de memoria, vuélvanse locos con Catulo , Gelman , Poe , Lorca , qué sé yo. Busquen las obras completas de Girondo  y Pizarnik , los libros de los poetas reunidos en torno a las revistas Xul  y Último reino. Hurguen en Leónidas Lamborghini , Madariaga , Pasini , Zelarayán . Busquen en el Diario de Poesía  y en El jabalí . La editorial Libros de Tierra Firme reúne excelente poesía argentina contemporánea. Si les gusta navegar por el cyberespacio, visiten InterNauta Poesía o Electronic Poetry Center.

Lean poesía de todos lados, no sólo la nuestra. Consulten a los libreros: sé de muchos de ellos que escriben poesía cuando en sus ratos de ocio no están vendiendo libros. Bienaventurados los que tengan un amigo poeta y librero.

 

Marcelo di Marco

taller de corte & corrección

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